¿Sabían que se ha creado un anticonceptivo que consiste en un microchip que se implanta en el cuerpo de la mujer y que mediante tecnología wireless puede ser desactivado por ésta sin tener que pasar la correspondiente visita médica, o que incluso el ginecólogo remotamente puede ajustar las dosis y el control de éste?
¿Sabían que se han creado diminutas cápsulas que el paciente ingiere y que, pasadas unas horas, comienzan a trasmitir de manera inalámbrica imágenes de video, de manera que permitirá que las colonoscopias sean menos invasivas?
Pues si no tenían conocimiento de todo ello, sólo les puedo decir: bienvenidos al Internet of Things (IoT).
Pero, ¿qué es el IoT?
El término Internet of Things básicamente viene a hacer referencia a la integración de la red en los objetos cotidianos de nuestra vida (coches, electrodomésticos, relojes, aplicaciones relacionadas con la salud y medicina, etc).
Si bien, como amante de las nuevas tecnologías, no puedo más que alabar todos estos desarrollos que harán nuestra vida cotidiana y profesional más llevadera y placentera, considero, también, necesario señalar los contras o los grandes bloques de retos que plantea la interconexión de los objetos cotidianos mediante Internet:
1. La seguridad: Evidentemente, porque se multiplicarán, exponencialmente, los nuevos objetivos de posibles ciberataques.
En este sentido les recomiendo que busquen en YOU TUBE el video que muestra el “kackeo” de un jeep o mediten sobre las recientes noticias de Wikileaks y un supuesto programa de la CIA a través del cual, al parecer, se tendría acceso a los contenidos de nuestros terminales móviles y nuestras smart TV.
2. La privacidad: El IoT tiene como efecto directo la generación y obtención de datos masivos procedentes de estos dispositivos, que en combinación con nuevas técnicas, como puede ser la minería de datos, pueden dar origen a unos usos secundarios de los datos no relacionados con la finalidad principal con la que fueron recogidos, como son la obtención de perfiles que ponen en riesgo la permanencia en el anonimato de los usuarios.
El IoT plantea también grandes retos en los principios clásicos que iluminan nuestra actual normativa en protección de datos, especialmente en el principio del consentimiento. En nuestro ordenamiento el consentimiento es el eje principal en el que se articula la legitimación para llevar a cabo un tratamiento de datos y que para que éste sea válido deberá ser: libre, inequívoco, informado, específico. Sin embargo, pensemos que muchos de los objetos que van a llevar implantada esta tecnología a priori no están concebidos ni diseñados para facilitar toda la información necesaria a efectos de que el usuario pueda otorgar ese consentimiento válido.
Por ejemplo, la adquisición de una bombilla con tecnología IoT. Tal vez, a partir de ahora este tipo de objetos deberán ir acompañados en su caja, al igual que los medicamentos, de un prospecto donde se identifiquen las políticas de privacidad o de códigos de activación a través de Internet, de manera que para poder utilizarlos sea necesario su previa activación, obligando el sistema al usuario a la lectura obligada de las políticas de privacidad.
Consciente de estos grandes riesgos, el Grupo del Trabajo del artículo 29, en su informe de 16 de septiembre de 2014 sobre el Internet de las Cosas (IoT), enumeró una serie de recomendaciones, principalmente enfocadas a los fabricantes de dispositivos, desarrolladores de aplicaciones que emplean esta tecnología, plataformas sociales, plataformas de datos y en definitiva terceros relacionados con este flujo de datos:
– Proporcionar información suficientemente comprensible y clara a los usuarios finales.
– Empleo de las PIAs ( Privacy Impact Assessments)
– Aplicación de los principios de Privacy by design y Privacy by default
– Facilitar a los usuarios finales el ejercicio de sus derechos.
– Uso de los datos agregados, en lugar de los datos en bruto.

En definitiva, el avance de la tecnología y el legislador deberán hacer grandes esfuerzos en ir de la mano para que los futuros dispositivos, objetos y aplicaciones que empleen la tecnología IoT sean diseñados en origen para informar al usuario adecuadamente de manera transparente y fácilmente comprensible, y posibilitarle el control pleno sobre sus datos durante todo el tratamiento de sus datos.